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» Relatos Eróticos: Hospital: Una noche en el Hospital

 

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La verdad es que no recuerdo mucho del accidente
Iba conduciendo el deportivo al límite de velocidad por una curva muy cerrada, y lo siguiente que supe fue que las ruedas patinaban sobre el firme mojado por la fuerte lluvia, y que el coche iba directo hacia un árbol. Lo último que hice antes de chocar fue poner los brazos delante de la cara y gritar:

!MAMÁ¡¡¡
Cuando me desperté en el hospital ya era de noche. Estaba en una limpia blanca cama en una habitaciónaséptica, y tenía los dos brazos enyesados y docenas de cortes y moretones por todo el cuerno.
Aunque reconozco que en lo primero que me fijé fue en la enfermera. Parecía ha protagonista de un sueño húmedo, con uniforme blanco, y enseguida pensé que merecía ha pena haberse dado aquel golpe de miedo, para estar cerca de ella, sobre todo cuando se inclinó para ponerme el termómetro en la boca y sus senos generosos intentaron escaparse de su entreabierta blusa de uniforme. Aquellos dos milagros médicos estaban a unos centímetros de mi cara, y me hipnotizaron hasta el punto que ella me preguntó si me encontraba bien, supongo que por mi cara de estupidez del momento.
Con el termómetro en la boca, todo lo que podía hacer era gruñir sin demasiado sentido. Ella me dijo que aguantara el tubo de vidrio en ha boca un minuto, y aprovechó para dar una vuelta por la habitación, comprobando que todo estuviera en orden, lo que me permitió contemplarla mejor. Era alta y esbelta, con un culo que yo calificaría de perfecto: un diez sin duda. Y sus piernas eran tan hermosas que ni las medias blancas y los clásicos zuecos de hospital podían ocultarlo. Todo lo que podía pensar era cómo las sentiría rodeando mi ahora dolorida cabeza, vestidas con medias negras de costura y zapatos de tacón alto.
Fue sólo entonces, cuando la seguía con la vista, cuando reparé en que aquella no era una habitación individual y descubrí el tipo de ha cama de al hado. No tenía tan mal aspecto como yo. Me pregunté que qué era lo que le pasaría a él, pero no pude preguntárseho, porque estaba profundamente dormido.
Cuando la enfermera se me acercó, con sus maravillosas tetas por delante, lo sentí por el otro hospitalizado, dada la vista que se estaba perdiendo. La pin-up enfermera vino derecha hacia mí, tomó el termómetro de mis labios, lo miró y me dijo que todo estaba bien.
Su cuerpo de estrella del pomo había despertado mi lujuria, pero cuando vi de cerca aquel agraciado rostro y aquellos compasivos ojos, y disfruté de su cálida sonrisa, me enamoré de toda ella. Y, cuando me acarició la mejilla en un gesto de afecto, que iba más allá del simple deber de enfermera, me pude dar cuenta que mi polla no había quedado afectada por el accidente. ... porque empezó a subir como el mercurio del termómetro que poco antes había tenido entre mis labios.
Ella descubrió el bulto que se alzába entre las sábanas, y me miró
con comprensión. Sonriendo, se inclinó, acarició el bulto suavemente y se marchó de la habitación, dejándome sin aliento y deseando rogarle que volviera.
Algo más tarde, mientras estaba en esa duermevela que siempre provocan los hospitales, las iglesias y otros lugares silenciosos, me despertó un quejido del tipo de la cama de al lado. Durante unos segundos me alarmé, y mi mano tanteó la cabecera de la cama, buscando el timbre para llamar pidiendo ayuda; pero enseguida me di cuenta de que había algo familiar en esos quejidos, que al fin consiguió que mi curiosidad supe-rara a mi preocupación. Abrí los ojos lentamente y giré el torso dolorido, para verle si seguía echado en la cama; pero lo que vi primero fue a otra figura, ¡ y qué figura!, que se curvaba sobre él, situada con la cabeza entre sus piernas. Era la enfermera de ensueño. Despreocupadamente del lugar, movía la cabeza arriba y abajo entre las piernas del paciente, y pronto descubrí que era porque le estaba chupando la polla. ¡Lo estaba viendo, pero no podía creérmelo...!
Me quedé quieto, viendo el experto trabajo que la enfermera estaba realizando con su obviamente experimentada boca: agarraba el falo, tieso por la excitación, con la mano mientras su lengua de gata en calor corría, arriba y abajo por el miembro, en la penumbra de la habitación. Podía ver cómo el trozo del miembro que no le entraba en la boca brillaba cubierto de saliva. Pero bajó la cabeza, hasta que aquel palo de fuego desapareció en su boca por completo. Esto provocó que se me escapara un gemido de excitación: deseaba desesperadamente agarrar mi dolorida polla y machacármela, pero, con mis dos brazos en cabestrillo, nada podía hacer.
La enfermera siguió con su danza bucal aniba y abajo, haciendo ruíditos sorbentes que hacían mi agonía aún más insoportable. Mis ojos devoraban el modo en como le sobaba las pelotas al afortunado enfermo, mientras seguía tragando su pijo con un ritmo enloquecedor.
Cuando tuvo suficiente de esta preparación bucal, la enfermera se irguió y empezó a desabrocharse el uniforme. Mi corazón empezó a correr desbocado, víctima de la adrenalina que bombeaba por mis venas, al tiempo que mi polla se tensaba aún más, hasta hacerme auténtico daño, cuando me di cuenta de que iba a poder admirar todo su cuerpo en su total esplendor. Tras despojarse del uniforme y revelar las tetas más perfectas que yo hubiese visto en mi vida, aunque aún cubiertas por la ropa interior, aquel ángel de la noche se desabrochó el sujetador, dejando que sus tetas quedaran libres ante mis desorbitados ojos. Me pregunté que qué es lo que había hecho aquel tipo para merecer tan fabuloso destino. Me caía la baba, incontenible, de mi muy abierta boca...
Luego, aquella criatura maravillosa sostuvo uno de sus pechos perfectos con una mano, mientras que con la otra alzaba la picha tiesa del paciente, y enseguida rozó su pezón turgente contra la morada cabezota de aquella polla, a punto de estallar. Vi con deleite aquella carne de mujer torturar a su objetivo masculino. Incluso cambió de teta, dándole al pene de aquel bastardo el mismo tratamiento con el otro pezón. ¡Era para enloquecer!
Entonces vino lo mejor: la enfermera se agarró ambas tetas y rodeó por completo con las dos tibias masas de carne aquella polla dura, apretándola con suavidad. Y, entonces, empezó a follárselo con las tetas... ¡Y a mí me dolían los cojones de duros que los tenía!
El levantó la cara con una expresión de éxtasis indecible, y yo casi empapé las sábanas con la des-carga de leche que me estaba quemando las pelotas. La expresión de mi compañero de cuarto era increíble: tenía los ojos cerrados, y sus labios estaban curvados en un retrato de pasión lujuriosa. No había duda de que estaba en un puro éxtasis. En cuanto a la cara de la enfermera, mostraba un gozo casi comparable al del enfermo... la verdad es que yo nunca había visto a una mujer disfrutar tanto de sus atenciones al sexo de un hombre. Era hermosa, lujuriosa y pecaminosa a la vez, ¡y me estaba volviendo loco!
Ella aceleró el ritmo del sobe de sus tetas, arrancando más jadeos del propietario de aquella polla feliz. Y sonrió mientras seguía masajeándole con las tetas, aproximándole más y más al orgasmo. Notando que se le acercaba el clímax, la enfermera bajó la cabeza y empezó a lametear con la lengua la punta de la tiesa picha, que aparecía, de vez en cuando, entre su escote. Yo estaba medio atontado, tras mi propia eyaculación, viendo aquellas maniobras sexuales, cuando, de pronto, una enorme descarga blanca cubrió casi por entero aquellos pechos divinos, dadores de placer.
Algunos goterones de semen resbalaron por su barbilla; otros fueron a depyorse sobre su pelo. Fue en éstas cuando, al darme cuenta, dejé escapar un aullido al darme cuenta de lo pegajosos que estaban mis bajos, a causa de la eyaculación involuntaria que había experimentando. Mi polla había manado y manado licor de vida sobre mi vientre, tanta que aún me salía un hilillo de leche, tanta que crei que nunca iba a parar. Cuando por fin lo hizo, abrí los ojos, que había cerrado automáticamente para saborear del todo aquel placer, y la vi de pie, a la enfermera, cubierta de semen y mirándome directamente a los ojos.
De pronto me puse muy nervioso, sintiéndome descubierto y con la sensación de que había hecho algo mal, como un niño atrapado en falta, pero enseguida vi que ella no estaba enfadada. Se limpió el semen de la cara y luego lo limpió del pito del paciente, antes de poner las sábanas en su sitio. Después, sin molestarse en cubrir sus tetas, se vino directa hacia mí y, sin decir una sola palabra, y con eficiencia profesional, apartó las sábanas para revelar mi polla tiesa y el desastre pegajoso que había organizado. Una sonrisa de satisfacción asomó a sus labios, cuando empezó a limpiarme el sexo, con sus tetas colgando a solo unos centímetros de mi cara.
Con dos dedos agarró suavemente mi picha, mientras la limpiaba con un trapo húmedo, asegurándose de llegar a todas partes de mi pene y testículos. Yo temblaba ante su contacto, lo que a ella parecía producirle gran placer. Y al cabo, como respuesta a una plegaria no surgida de mis labios, se agachó y me besó el glande, que de nuevo apuntaba fiero hacia arriba. El roce de sus labios húmedos y calientes me la puso aún más dura; un suspiro escapó de mi boca, y estuve seguro que eso es lo que ella quería.
Sin mediar más palabra, se arrodilló en la cama, a mi lado, y pasó una pierna sobre mi cuerpo, atrapándome con sus maravillosas extremidades inferiores. Su coño estaba justo encima de mi punto estratégico y sus impresionantes tetas apuntaban a mi cara como dos misiles gemelos. Aunque imaginaba lo que ella iba a hacer, no pude creérmelo hasta que los ardientes labios de su sexo rozaron el mío. No llevaba bragas, y su sonrisa maliciosa me puso aún más fuera de mí. ¡ Temblaba de excitación sexual!
Con increíble facilidad, deslizó su coño sobre mi agradecida polla, enfundándosela hasta que estuvo completamente dentro. Podía sentir los jugos que manaban de su coño correr por mis muslos, mientras ella me miraba a los ojos. Yo ansiaba, con desesperación, poder agarrar aquellas tetas divinas, fuente de todo erotismo, pero con los brazos enyesados me era imposible. Como si pudiera leerme la mente, y en un acto de compasión, la enfermera acercó las tetas a mi boca, y yo lamí con avaricia aquellos suculentos pezones. Pero enseguida empezó a rebotar arriba y abajo, deslizándose por mi tieso mango, y yo crei volverme loco.
Su estrecha vagina me apretaba la polla con firmeza. Sus tetas me golpeaban en la cara, y yo luchaba por poder atrapar en el aire aquellos pezoncillos, entre mis labios. Desistiendo finalmente, cerré los ojos y deseé que aquello no acabara nunca. ¡Estaba en el séptimo cielo!
Montándome con maestría, ella me acercó varias veces hasta el borde del orgasmo, dejándome a punto de caramelo y finalmente forzando cuando ella quiso, y sin piedad, una tal corrida que casi me hace perder el mundo de vista. De hecho, creo que lo hice, porque lo siguiente que recuerdo es verla ya completamente vestida al lado de la cama, himpiándome los bajos por segunda vez. Cuando hubo terminado, se marchó sin decir nada.
A la mañana siguiente, cuando me desperté, no acababa de estar convencido de que lo de la noche anterior no hubiera sido un sueño producto de la fiebre. Total que, cuando vi que el tipo de la cama de al lado estaba despierto, quise saber si él recordaba algo, y así asegurarme de la realidad o no de la maravillosa experiencia recordada. Tras un saludo, le comenté:
—Chico, esa enfermera de noche es fenomenal, ¿eh?
—Sí —me contestó él—. Es mi mujer.







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